En el caso específico del divorcio, la ruptura familiar separa a los adultos y modifica la estructura de la familia. Muchas veces, esta ruptura no se lleva a cabo de manera pacífica y existe entonces un proceso que De la Cruz (2008) menciona como «alienador», por medio del cual un progenitor transforma la conciencia de sus hijos para no permitir un vínculo con el otro progenitor. El padre que es alejado de sus hijos en este proceso, presenta el Síndrome de Alienación Parental (SAP) que en casos de daño moderado le provoca sentimiento de desarraigo, soledad, frustración, angustia, irritabilidad, bajo rendimiento laboral, estrés y depresión. En los casos de daño grave, hay manifestaciones de marcada angustia, crisis de llanto, ideas suicidas, enojo, impotencia, inseguridad, desorientación, insomnio, trastornos físicos crónicos, bajo rendimiento laboral y depresión que puede llegar a ser severa.

Al observar a las personas que se han divorciado, una mayoría de nosotros somos culpables de la creencia estereotipada de que las mujeres y los niños son los más afectados y no consideramos el daño emocional que los hombres también pueden experimentar.  Siempre nos enfocamos en el trauma de las mujeres y de los hijos, pero no tomamos en cuenta que se necesitan dos personas para llegar a la etapa en que uno u otro quiera el divorcio.

El primer problema que surge al mirar a los hombres que han pasado por un divorcio, es que su imagen pública se destruye. Son vistos como individuos despreocupados, egocéntricos y egoístas que han ofendido a sus cónyuges y su forma a pasado a tener una mala imagen. Este tipo de generalización es típico entre la población femenina, pero lo que mucha gente olvida es que a veces las mujeres no son inocentes ni frágiles y que a veces las personas más débiles tienen la peor parte.

Algunas veces estas mujeres chantajean a los hombres emocional y financieramente. Es por eso que es necesario solicitar el divorcio, incluso aunque la mayoría de la sociedad no lo vea bien.

Además, la mayoría de las personas simplemente asumen que en un hogar con violencia son las mujeres la que lo sufre, pero hay veces que no, es el hombre el sufridor. Quizás no físicamente, pero las palabras son mucho más dañinas que los puños y dejan cicatrices emocionales y daños psicológicos que no siempre son visibles para el mundo exterior.

Fuente:
https://www.busby-lee.com/

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